En los últimos años, hay una palabra que me envuelve esté donde esté, investigando (como científica social) o enseñando… Y es la idea de sanar. Sanar el planeta. Sanarnos los seres humanos. Me llama mucho la atención que tanto en el ámbito académico como social estemos hablando mucha gente diferente de la misma meta. Porque vivimos en sociedades en las que reproducimos y sufrimos guiones que discriminan y oprimen, sobre todo unos cuerpos más que otros. Y poco cambio social podemos hacer de verdad si no sanamos las heridas emocionales que llevamos. Porque como mi colega Alejandro Alder y yo decimos en Sanarta, quien sufre maltrato, si no sana, puede maltratar(se). Y una herramienta clave en este proceso de sanación emocional es el desarrollo de nuestras habilidades de comunicación. Es fascinante ver cómo tantas cosas están interconectadas.  

«Comunicar … nos facilita sanar el daño vivido, evita la violencia, nos permite crecer como seres humanos. » 

¿Y qué tiene que ver el comunicar de manera más eficaz con sanar emocionalmente?  Mucho. En primer lugar, es importante escuchar y escucharnos, observar y observarnos activamente. Y reflexionar. Por otro lado, una parte del proceso de sanación implica marcar límites con aquellas situaciones que nos hacen daño. O soltar aquellas relaciones o prácticas que nos impiden crecer. Y uno de los vértigos que sentimos, a veces, es no saber cómo expresarnos con asertividad. Agobiarnos con la idea de hablar y defender una idea, nuestro espacio o identidad. Cuando lo que queremos es dejar claro lo que necesitamos sin tener que atacar a la otra persona.

Comunicar con más eficacia nos aporta cosas básicas y necesarias. Nos facilita sanar el daño vivido, evita la violencia, nos permite crecer como seres humanos. Por supuesto, nos ayuda profesionalmente también. Pero, sobre todo, nos ayuda a relacionarnos con otras personas, expresarnos, ser más felices. Sin duda, vale la pena alegría trabajar nuestras habilidades de comunicación.  

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Carmen G. Hernández

 

 

A la hora de mejorar nuestra habilidad para hablar en público, el cuerpo debería ocupar un lugar central. En teoría se supone que es así, pero si rascamos un poco, veremos que la cosa es más complicada.

En general, nos suelen enseñar a mirar al cuerpo como una herramienta que debería moverse, emitir sonidos, fijar la mirada y generar gestos de una determinada manera considerada «la más efectiva». Y nos frustramos cuando nuestros cuerpos no se comportan de esa manera. Pero, ¿es nuestro cuerpo el problema? ¿O lo son esas expectativas?

En primer lugar, nuestros cuerpos no son marionetas que podamos programar, como robots. Nos expresamos verbal y no verbalmente de manera variada, en función de múltiples variables: valores sociales, culturales, familiares y personales. Nuestra rica diversidad como seres humanos también se manifiesta a la hora de comunicar. Pero luego, cuando tomamos lecciones sobre cómo hablar en público, esa diversidad se tiende a borrar, se reprime. Y se nos fuerza a expresarnos de una manera que, en algunos casos, nos incomoda profundamente. Porque nos fuerza a ser otra persona que no somos, una de las razones por las que tanta gente odia hablar en público.

En segundo lugar, ¿quién decide qué gesto o entonación es «el más efectivo»? Aquí es imprescindible contextualizar. Esos principios comunicativos considerados como esenciales (respecto a la entonación, movimiento corporal, etc.) son premisas creadas por y para hombres de clase media-alta, heterosexuales y eurocentrados. Sin embargo, cualquier ser humano que no encajara en esa categoría, desde los antiguos griegos hasta hoy, se ha visto forzadx a hablar, moverse como uno de esos hombres para ser consideradxs «buenos oradores». Aunque no seamos esos hombres. Otra gran razón para odiar hablar en público. ¿Cómo vas a tener ganas de hacer algo que te borra, que no te permite ser tú mismx, que ve como negativo tu identidad, tu forma de ser y comunicar? 

«Las expectativas comunicativas heredadas son el verdadero problema, no nuestro cuerpo» 

Como expliqué en «Cómo ayudo a otra gente a hablar en público«, un modo de lidiar con este dilema es analizar el contexto y la audiencia con la que comunicamos y tomar decisiones sobre qué queremos hacer o no con nuestro cuerpo a la hora de comunicar, siendo consciente de las posibles consecuencias de ello. Por ejemplo, aunque esté ante una audiencia que espera que las mujeres vayan pintadas, yo me niego a pintarme. Me da igual si eso condiciona nuestra interacción. Es mi decisión, son mis líneas rojas, y asumo las consecuencias. Aunque esta toma de decisiones es un proceso que requiere reflexión y aprendizaje y que no es fácil, lo importante es que las expectativas comunicativas son el verdadero problema, no nuestro cuerpo. 

¿Y qué importancia tiene esta idea? Para mí, es fundamental. Porque muchas personas ven sus cuerpos como enemigos debido a esas expectativas heredadas que no consiguen reproducir. Y no es así. Si algo tengo claro es que la clave para lograr nuestras metas comunicativas no es convertirnos en marionetas, en Kents carismáticos de mirada penetrante y voz grave. Sobre todo, porque si uno de los ejes de la oratoria es el ethos, la credibilidad del orador, pretender ser una persona que no somos puede tener el efecto contrario al deseado. El punto de partida es querer, respetar y cuidar a nuestro cuerpo, nuestro primer y gran aliado comunicativo, tal y como es. Porque es la herramienta que nos permite comunicar con otros seres humanos, transmitir ideas, defendernos, cambiar el mundo. Y cuando pasamos a querer y valorar a nuestro cuerpo y cuestionamos críticamente las premisas heredadas del buen orador, algo transformador pasa. Lo he visto en muchísimas ocasiones a lo largo de los años como docente y formadora. El rechazo y el miedo a hablar en público empieza a quebrarse, dando paso a una etapa esperanzadora de posibilidades y cambio. Es por eso que, con los alumnos y clientes que desean mejorar su habilidad para hablar en público, abordo la relación con nuestro cuerpo como punto de partida. 

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Carmen G. Hernández

 

 

 

 

 

Las últimas semanas he estado poco presente en el blog. Hay un buen motivo: mi colega psicólogo Alejandro Alder y yo estábamos ultimando los detalles de un proyecto que acaba de ver la luz: Sanarta, talleres que ayudan a sanar. A ambos nos hace mucha ilusión, porque ofrecemos talleres que facilitan el crecimiento personal y sanación de nuestra comunidad, la LGTBI, aunque no exclusivamente.

Somos conscientes de dos hechos: que el daño emocional causado por la lgtbifobia puede dificultar una vida plena; y que nuestra comunidad dispone de pocos espacios dirigidos por profesionales, fuera de las organizaciones LGTBI, que faciliten estos vitales procesos de sanación. Así pues, Sanarta ofrece ese espacio a través de talleres pequeños, con profesionales que conocen bien la realidad LGTBI. No sólo porque la han estudiado desde sus respectivas disciplinas, sino porque la han vivido en primera persona y a través del activismo y contacto con la comunidad. 

Si quieres conocer más en profundidad el proyecto y los talleres que vamos a ofrecer, no dudes en pasarte por nuestra web o en ponerte en contacto con los dos. Tenemos también presencia en redes sociales (Facebook e Instagram). A pesar de la difícil pandemia que estamos navegando, o quizás más aún por ello, es vital cuidar de nuestras heridas emocionales. Verlas, entenderlas y abordar procesos de sanación. Y hacerlo con apoyo.  Si algo he aprendido, tras años de activismo y estudio, es que los discursos de cambio social pierden eficacia si no son coherentes con las prácticas cotidianas. Que la transformación social comienza en la propia. Algo que tanto Alejandro como yo tratamos de llevar a cabo y que queremos compartir con otras personas. 

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«Cómo te pones por nada», «es que eres muy sensible», «si son solo palabras»…

Muchos humanistas y científicos sociales tenemos claro que las palabras nunca son solo palabras. Entre otras cosas, crean realidad. Y las palabras, como la comunicación no verbal, son clave para ejercer lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba violencia simbólica. Un tipo de violencia invisible, que no es física o directa, pero que puede ser igualmente dañina para quien la sufre. Porque esos gestos o palabras contribuyen a reproducir la discriminación, a mantener situaciones de desigualdad e injusticia. 

Pongamos mi ejemplo, como mujer y lesbiana. Desde pequeña, recibí mensajes cotidianos que me decían que mi género era inferior, mi cuerpo era un objeto y que mi rol era servir y cuidar. Cuando se juntaban las amistades de mis padres en casa, veía cómo los hombres se sentaban  a charlar y las mujeres cocinaban y servían. Eran las últimas, siempre, en comer. Y yo observaba. En la calle, hombres jóvenes y mayores miraban mi cuerpo y decían todo tipo de comentarios sexuales sobre él, haciéndome sentir muy incómoda y agredida. Del mismo modo, la falta de referentes y ejemplos de diversidad sexual en los libros, en la tele, en el aula, me decían con su silencio que mi orientación sexual no tenía sitio en la sociedad. O cuando se rompía ese silencio, mi deseo era usado para hacer chistes, como un insulto o como fantasía para hombres heterosexuales. Cuesta mucho tener una buena autoestima y alcanzar la plenitud en ese contexto de invisibilidad y humillación. No es casualidad que el índice de pensamientos suicidas o intentos de suicidio sean superiores entre la comunidad LGTBI. Afortunadamente, gracias al esfuerzo activista y los cambios sociales, tenemos más referentes, más visibilidad y más consciencia sobre el daño que causan los chistes y actitudes discriminatorias. Aunque aún queda mucho camino por recorrer. 

Tan importante es tener claro en qué consiste la violencia simbólica y en nuestra capacidad para reproducirla o no en nuestras interacciones cotidianas, como ser conscientes también de que tenemos herramientas para navegarlas cuando sufrimos dicha violencia. Lo primero es ser conscientes de ello. Algo sencillo de pedir pero muy difícil de llevar a cabo. Por muchos motivos. Primero, porque hemos internalizado valores dominantes desde la infancia y nos cuesta darnos cuenta de lo que realmente está pasando. Un ejemplo es el piropo. Nos han dicho que es algo positivo cuando ese comentario puede cosificar nuestros cuerpos como mujeres: nos convierte en objetos. Y cuando ves a un ser humano como un objeto, es más fácil no sentir empatía hacia ella y usarla como un pañuelo de papel. Segundo, porque ser consciente de que una palabra o un gesto nos discrimina, sobre todo cuando viene de gente querida, duele. Mucho. Pero es vital tomar consciencia de esta situación, porque seamos conscientes o no, sufrimos las consecuencias de la discriminación. Eso sí, es fundamental contar con apoyo: terapeutas especializados, grupos de apoyo, etc., porque es importante hacer este proceso acompañados/as/es.

En definitiva, recordemos que las palabras y los gestos pueden hacer tanto daño como los puñetazos. Y si no queremos herirnos o herir a otras personas, nos toca observarnos, reflexionar, aprender y cambiar. 

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Carmen G. Hernández

 

 

En el ámbito de la comunicación no verbal, hay un elemento que es fundamental a la hora de desarrollar una comunicación efectiva: los artefactos. ¿A qué me refiero? Piensa en los accesorios que eliges cuando te conectas a una videoconferencia (como joyas, un pañuelo en el cuello, muebles, libros de fondo, etc.). Todos esos objetos transmiten mensajes, los usamos para comunicar. Muchas veces somos conscientes de ello, pero otras tantas no es así. 

Pero, ¿qué mensajes transmiten esos objetos?

Uno de los grandes problemas de la comunicación es que tenemos poco control sobre cómo los demás interpretan nuestros mensajes. En este sentido, un mismo objeto puede ser interpretado de maneras distintas por los interlocutores y según el contexto. Por ejemplo, llevar un piercing en la ceja en una entrevista de trabajo. Si la entrevista tiene lugar en una empresa española tradicional, ese artefacto podría interpretarse como una manera de alejarse de los valores e imagen de la empresa. Pero si el puesto de trabajo busca una persona que destaque por su modernidad y voz propia, el piercing podría ayudarle a proyectar esas cualidades.

La pandemia de la COVID-19 nos ha forzado a incorporar masivamente un artefacto en nuestras vidas: las mascarillas. Probado como uno de los frenos más efectivos de la pandemia, es de uso obligado en muchos sitios salvo contadas excepciones. El problema, amén de negarse a llevarla, es que falta formación sobre su uso. También a nivel comunicativo. ¿Qué mensaje interpretamos de las mascarillas?

¿Qué mensaje interpretamos de las mascarillas?

Seguro que has visto o vivido alguna de estas experiencias: gente que no lleva mascarilla, o la lleva fuera de sitio, o se toca la mascarilla continuamente, o la lleva muy sucia, o lleva mascarillas sin homologar, o la lleva y de repente se la quita para tocarse la nariz o estornudar. ¿Cómo lo interpretas? ¿Qué mensajes transmite ese objeto entonces? Como he dicho, los objetos no transmiten un mensaje claro por si mismos; cada persona interpretará el mensaje en base a sus criterios y expectativas en un contexto determinado. Como ejemplo, voy a analizar el uso de mascarillas en el ámbito de los servicios y el comercio como consumidora comprometida que protege su salud y desea frenar la pandemia. Si creyera que el coronavirus no es un riesgo, mi interpretación sería radicalmente distinta. 

Cuando veo empleados sin mascarilla, o tocándosela compulsivamente o quitándosela para tocarse la boca o nariz sin lavarse las manos después, pienso que su empresa ha fallado a la hora de formar a su personal y explicarles que esas son prácticas de riesgo de transmisión del virus. Ha fallado a la hora de crear un espacio seguro para sus empleados y clientela. Y me genera mucha desconfianza. Si puedo elegir otro lugar donde consumir esos servicios, lo haré. Del mismo modo, si el profesional que me atiende tiene una mascarilla sucia, que hace tiempo que no cambia, mi reacción será la misma: desconfianza. No sólo por la mala imagen, sino porque connota falta de conocimiento sobre el virus o cuidado–para ser efectivas, las mascarillas han de cambiarse o lavarse en su caso con mucha frecuencia. ¿Serán así de descuidados en todo lo que hacen?, me quedo pensando. Asimismo, el tipo de mascarilla también connota muchos mensajes.  Si quien me atiende utiliza una mascarilla que solo le protege a si mismo, las FFP2 o FFP3 con válvula, me hace pensar en que no es una persona solidaria. Y en mi caso, preferiré dejar mi dinero en profesionales más solidarios. Es también necesario reflexionar sobre las mascarillas de tela que se personalizan para marketing. Cuidado con que sean homologadas y, si las usan los empleados, que estén en buen estado. Porque, de nuevo, pueden generar el efecto no deseado y potenciar una imagen de descuido e irresponsabilidad de cara a los usuarios o consumidores. Al igual que los símbolos que se incluyen en las mascarillas: pensemos en si cumplen o no nuestros objetivos comunicativos (como banderas, por ejemplo: ¿entenderán mis clientes lo que ese símbolo significa para mí?). Por último tenemos el dilema de las mascarillas desechables frente a las reusables. Una reusable puede transmitir un mensaje de compromiso con la naturaleza, pero es importante que cumpla la normativa. Porque si no, puede poner en riesgo a empleados y clientes y conseguir el efecto contrario. Lo más complicado es que nuestra intención al comunicar se pierde por el camino: debemos hacer un esfuerzo para detectar y prevenir interpretaciones que pueden dañar nuestra imagen.  La formación, en ese sentido, es clave.

Te invito a reflexionar sobre el uso de tu mascarilla y qué mensajes pueden interpretar tus interlocutores al respecto. Pero, sobre todo, a llevarla siempre y bien.

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Carmen G. Hernández

 

No hay cosa que me produzca más satisfacción que ver cómo una persona pasa de odiar hablar en público a sentirse más cómoda e incluso, en algunos casos, tener ganas de expresarse delante de un grupo de personas. Recuerdo a estudiantes que venían a mis cursos de Public Speaking el primer día de clase, casi temblando, sin haber podido pegar ojo, haciendo un esfuerzo titánico por no darse de baja del curso en ese mismo instante. Recuerdo cómo muchos de esos estudiantes terminaban el semestre con un brillo especial en la mirada y mostrando una gratitud profunda en sus evaluaciones anónimas. Porque algo había cambiado en ellos. Sentían menos miedo a la hora de hablar en público. Quizás seguían sintiendo el corazón acelerado, sudor en las manos, la adrenalina a tope en sus cuerpos, pero estaban más preparados a todos los niveles: tenían más conocimientos a la hora de preparar sus intervenciones, habían practicado mucho y habían dedicado meses a reflexionar sobre temas que eran obstáculos a la hora de comunicar. Y, sobre todo, habían convertido sus cuerpos en su mayor aliado.

Para mí, la cuestión no es hablar bien o mal, sino interactuar de manera efectiva o menos efectiva en base a los objetivos de cada persona.

Muchas veces he reflexionado sobre mi pedagogía a la hora de enseñar a hablar en público. Mi principal objetivo no es que los estudiantes o clientes aprendan a moverse, vocalizar o preparar sus intervenciones de una manera determinada. Mi objetivo es que ellos, ellas y elles sientan el poder de su voz (física o metafórica), que puedan usarla para defender sus derechos o los de otras personas y conseguir sus metas personales y profesionales. Por ello en mi vocabulario no cabe la noción de hablar bien o mal, sino de interacción efectiva o menos efectiva en base a los objetivos de cada persona. 

En mi método, uno de los pilares es cuestionar modelos dominantes de oratoria. Porque están basados en una identidad muy concreta–hombres heterosexuales cis, europeos, de clase media-alta desde los griegos clásicos hasta la actualidad–que no corresponde con la inmensa mayoría de las personas que comunicamos. ¿Cómo vamos a sentirnos bien hablando en público si no encajamos en lo que nos venden como el modelo a seguir? Claro que es importante entender las reglas y expectativas de los contextos en que comunicamos. Y tomar decisiones en cada momento. Por ejemplo, qué ropa espera la audiencia que yo lleve como ponente en un acto específico y qué ropa finalmente decido llevar, siendo consciente de los beneficios y riesgos de cada decisión (por ejemplo, hay ciertos accesorios que jamás pienso ponerme, como tacones o faldas, y acepto las consecuencias que pudiera tener por ello en un entorno más tradicional). En mis sesiones, hago mucho énfasis en que una cosa es seguir el juego de manera consciente y calculada y otra bien distinta creer que el juego es realidad. No lo es. 

El segundo pilar de mi método se sitúa en nuestra relación con el cuerpo. Un tema central y complejo que requiere más espacio. Así pues, te emplazo a leer la segunda entrada de la sección  Hablar en Público  en este blog. 

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En una recepción académica, un profesor le da la copa vacía a una mujer que él identifica como camarera. La mujer es profesora como él. Dado el género y origen étnico de la mujer, él asume que esa mujer está en la reunión para atenderle, no como una colega. Es una anécdota más de las microagresiones que esa mujer, como tantas personas que sufren discriminación por algún factor identitario (género, clase, raza, diversidad funcional, etc.), experimenta cada día en su entorno laboral, de ocio o familiar. Insultos velados, invalidación, desprecio debido a algunos factores de su identidad. No ha habido una intencionalidad expresa por parte del colega docente en hacerle daño, pero, una vez más, a esa mujer le han recordado que su cuerpo está en un lugar y en un rol que no fueron pensados para ella. Y que cada día que sigue en ese lugar supone una batalla silenciosa de resistencia y resiliencia ante una lluvia de microagresiones que no cesan. 

En una oficina, los colegas, tomando café, preguntan al nuevo compañero si tiene novia. Con esa simple pregunta, a él, que es gay, le vuelven a meter en el armario al asumir una presunta heterosexualidad. Él, en cuestión de segundos, tiene que sopesar rápidamente multitud de variables: ¿son homófobos sus compañeros? ¿Corre riesgo de represalias si dice que es gay? Incluso la persona LGTBI más visible se ha visto en una tesitura similar. Por ella misma, por su pareja o por su entorno. Al margen de la respuesta elegida y del daño psicológico que pueda causar (la auto-negación es tremendamente perjudicial), la cuestión es que ese simple comentario trivial es una microagresión. Una manera de recordarle a esa persona que su identidad no es la norma y que debe, constantemente, insistir para ser reconocida. Hay quien dice, y lo suscribo, que más duro que el insulto es que no reconozcan tu existencia.

En un restaurante, una persona con diversidad funcional que usa una sillas de ruedas, asiste atónita a una escena tristemente cotidiana. El camarero, en vez de preguntarle a ella qué desea tomar, se lo pregunta a su acompañante, quién no tiene diversidad funcional. «¿Y ella, qué tomará?» Una vez más, los interlocutores asumen que su diversidad funcional la incapacita para tomar decisiones y tener su propia voz. 

Tristemente, las microagresiones son constantes en las vidas de quienes sufren discriminación sistémica. Muchas veces no son fruto de la mala voluntad de quien la genera, sino el resultado de estereotipos y prejuicios pasados de generación a generación. Pero hacen daño, perpetúan la discriminación y dificultan la creación de espacios diversos. En clase, en la oficina y en casa. Ser conscientes de las microagresiones que generamos, por qué, cuándo, contra quién, es un paso vital para lograr espacios donde realmente se pueda convivir. No es un proceso fácil de hacer, pero es imprescindible si no queremos hacer daño a otras personas y tener espacios de trabajo seguros. 

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Desde pequeña, siempre me ha fascinado la comunicación entre seres humanos. Pasaba horas observando a los demás interactuar. Cuando fui a la universidad, opté por una carrera que me ayudaría a entender más en profundidad este fenómeno cotidiano. Y desde entonces, sigo embarcada en su estudio. Sobre todo, en el modo en que la comunicación nos ayuda a comprender, prevenir y atajar la discriminación, mi gran obsesión personal y profesional. 

Una de las virtudes del estudio de la comunicación es que se hace desde múltiples disciplinas. La creación de comunicación como disciplina propia ha tenido una trayectoria particular. En Estados Unidos, surge en 1914 a raíz de un grupo de profesores que enseñaban a hablar en público en los departamentos de Inglés y deciden ir por libre. A lo largo del siglo XX, la disciplina fue evolucionando, incorporando diferentes temas y ámbitos variados. Así pues, en Estados Unidos, la disciplina de comunicación incluye un amplísimo abanico de temas y métodos: desde la tradicional oratoria al estudio de medios de comunicación, comunicación intercultural, relaciones públicas, comunicación de la salud, estudios culturales o estudios de la performance, entre otros muchos. Basta mirar las divisiones de la principal asociación de comunicación de Estados Unidos, la National Communication Association, para hacerse una idea.

En España, sin embargo, sigo sin percibir la misma amplitud respecto al concepto de comunicación. Cuando explico que soy doctora en comunicación, mis interlocutores tienden a asumir que me dedico a estudiar medios de comunicación, periodismo, relaciones públicas, publicidad o comunicación audiovisual. Luego ven mi tesis doctoral y no saben qué decirme. Y no les culpo. Buena parte de las carreras en comunicación en España, salvo excepciones, siguen ofreciendo solo esas opciones. Pero el estudio de la comunicación puede ir mucho más allá, sin necesidad de ser tan estanco, sino todo lo contrario. Es una disciplina fluida que ayuda a analizar fenómenos sociales de manera holística (y no sólo funcionar como herramienta para informar o vender). Por ejemplo, ¿de qué manera la incapacidad de comunicar efectivamente facilita conductas violentas? ¿Y de qué manera está conectado el miedo a hablar en público con cuestiones identitarias? ¿Y cuál es es el rol de la familia, la educación y los medios en esas cuestiones identitarias? ¿Y qué podemos hacer para superar ese miedo a hablar en público y comunicar con más eficacia? La lista de preguntas podría seguir y seguir… Vamos de lo macro a lo micro, de lo micro a lo macro, de las influencias sociales a la agencia individual, de la reflexión teórica a la práctica aplicada en lo cotidiano. ¿Se nota que adoro mi disciplina?

La cuestión es que cuando digo «comunicación» me refiero a algo mucho más complejo e interdisciplinar que el estudio de medios, relaciones públicas o comunicación audiovisual. ConsulKaT es el reflejo y resultado de esta aproximación al concepto de comunicación. Poco a poco seguiremos desgranando esta idea con más detalle. 

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asistencia conferencia NCA

 

Como docente, dedico muchas horas a fomentar la participación de mis estudiantes. Hace años descubrí una herramienta que me enganchó al instante: Padlet. Permite crear un tablero virtual donde los estudiantes pueden compartir texto, video, imágenes, documentos, enlaces y otros soportes. 

 

Ventajas e inconvenientes

Hay muchas facetas que destacaría de Padlet:

  • Puede usarse para a)compartir recursos o información, b)como espacio interactivo, o c)una combinación de ambos. 
  • En el primer caso, tanto el alumnado como docentes pueden usar Padlet, entre otras propuestas
    • Para explicar o presentar un tema o idea. Puedes elegir diferentes plantillas, como la de Cronología. 
    • Para compartir una lista de recursos útiles (tanto enlaces, material propio, etc.).
  • Como espacio interactivo, es muy útil para todo tipo de tareas:
    • Para responder a preguntas formuladas por el docente. Por ejemplo, lo he usado para que mis estudiantes, a nivel individual o en grupo, me indiquen sus propuestas de investigación. 
    • Para compartir videos grabados por los estudiantes (si no se tiene acceso a VoiceThread, es una alternativa interesante).
    • Hacer escritura creativa colectiva.
  • Lo más interesante de Padlet es que los estudiantes pueden ver lo que sus compañeres han creado. 
  • Más aún, puedes configurar cada Padlet que uses para que los estudiantes se dejen comentarios entre sí, lo cual ayuda a fomentar el diálogo y la sensación de comunidad. 
  • Puedes aplicar diferentes fondos, plantillas y permisos de acceso, lo cual hace más versátil esta herramienta.
  • Puedes guardar una copia en diferentes formatos (como imagen, PDF, etc.).
  • Puedes insertar Padlets en LMS como Moodle o Blackboard. Yo lo suelo usar al final del semestre para que el alumnado de grupos pequeños deje mensajes a sus compañeros. 

Por contra, he encontrado varias limitaciones:

  • La cuenta gratuita sólo permite crear 3 plantillas (hace años, este número era superior). 
  • No es una herramienta recomendada si no quieres que los estudiantes se lean entre sí. 
  • En clases grandes, sería mejor dividir la clase en grupos y que solo un representante de grupo subiera materiales.

Otras posibilidades

Conforme va pasando el tiempo, descubro nuevas utilidades de Padlet. En Internet hay muchos ejemplos de cómo otros docentes emplean esta herramienta. Pero no solo funciona en el ámbito educativo. En cualquier sector puede servirnos de utilidad. Vale la pena darse de alta-es gratuito-y probar. Aquí puedes veruna lista de ejemplos.

 

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Cómo usar Padlet

Aquí puedes ver algunos tutoriales e información sobre cómo usar Padlet (están en inglés): 

También pueden contar con nuestros servicios en ConsulKaT si deseas sesiones individuales a medida.

 

 

El mensaje es simple: si eres docente, es normal que sientas confusión y temor ante el panorama que estamos viviendo en 2020. Por muchísimos motivos. Pero permíteme centrarme hoy en la cuestión tecnológica.

En la primavera de 2020, la pandemia de COVID19 azotó nuestras vidas. Fueron unos meses difíciles, porque tuvimos que lidiar con muchísimas limitaciones en lo personal y profesional. Entre otros factores, las circunstancias nos obligaron a muchos docentes a cambiar nuestra enseñanza presencial a remota de manera abrupta. Sin recursos, sin tiempo y, en muchos casos, sin la preparación adecuada.

Enseñar online y enseñar de modo presencial son dos experiencias completamente diferentes. Es como comparar unas sandalias de verano con unas botas de invierno. Los dos son zapatos, pero no se pueden usar indistintamente. Cada contexto precisa unos zapatos distintos. Y, en la enseñanza, cada contexto requiere una estrategia pedagógica distinta. Ese fue el primer gran error que nos vimos abocadas a vivir por parte de quienes dan órdenes pero tienen muy poca preparación pedagógica: enseñar online no es simplemente pasar el contenido de clase a una plataforma de enseñanza como Blackboard, Moodle o Canvas. Es mucho más complejo. De ahí la insistencia en distinguir la enseñanza online de enseñanza remota de urgencia, que es lo que nos tocó a muchos docentes vivir.

La enseñanza online, bien hecha, requiere de mucho tiempo de preparación, adaptación y formación del profesorado que la imparte. Amén de contar con un servicio permanente de apoyo tecnológico (tanto para el alumnado como para el profesorado) y un abanico de programas especializados que nos ayuden a fomentar el diálogo y la participación online. De no ser así, no le llamemos enseñanza online. Porque esa enseñanza remota de urgencia puede menoscabar la imagen de la enseñanza online y generar mucha frustración entre docentes y alumnado.  

Lo suyo es que, tras la experiencia de la primavera, el profesorado hubiera recibido formación en enseñanza digital durante el verano de cara a un incierto otoño de pandemia. En algunos casos ha sido así y en otros, no. O no suficientemente. Y en un escenario variopinto, que entremezcla clases presenciales, con modelos híbridos o sólo online, la cuestión es si el profesorado cuenta con el apoyo pedagógico que realmente necesita para hacer frente a escenarios cambiantes e imprevisibles.

Si no es así, mi recomendación es que no vivas este caos por tu cuenta. Particularmente, si navegar en el mundo digital te cuesta. Hay docentes que están a punto de tirar la toalla, que no saben cómo gestionar un modelo de enseñanza, digital, para la que no han tenido suficiente formación. Si es tu caso, busca apoyo. De las unidades de apoyo tecnológico de tu centro educativo (si cuentan con ello), de amigos. O de consultores como yo en ConsulKat. Pero no tires la toalla. De esta debemos salir juntos/as/es. Y podemos hacerlo. 

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Carmen G. Hernández