«Cómo te pones por nada», «es que eres muy sensible», «si son solo palabras»…

Muchos humanistas y científicos sociales tenemos claro que las palabras nunca son solo palabras. Entre otras cosas, crean realidad. Y las palabras, como la comunicación no verbal, son clave para ejercer lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba violencia simbólica. Un tipo de violencia invisible, que no es física o directa, pero que puede ser igualmente dañina para quien la sufre. Porque esos gestos o palabras contribuyen a reproducir la discriminación, a mantener situaciones de desigualdad e injusticia. 

Pongamos mi ejemplo, como mujer y lesbiana. Desde pequeña, recibí mensajes cotidianos que me decían que mi género era inferior, mi cuerpo era un objeto y que mi rol era servir y cuidar. Cuando se juntaban las amistades de mis padres en casa, veía cómo los hombres se sentaban  a charlar y las mujeres cocinaban y servían. Eran las últimas, siempre, en comer. Y yo observaba. En la calle, hombres jóvenes y mayores miraban mi cuerpo y decían todo tipo de comentarios sexuales sobre él, haciéndome sentir muy incómoda y agredida. Del mismo modo, la falta de referentes y ejemplos de diversidad sexual en los libros, en la tele, en el aula, me decían con su silencio que mi orientación sexual no tenía sitio en la sociedad. O cuando se rompía ese silencio, mi deseo era usado para hacer chistes, como un insulto o como fantasía para hombres heterosexuales. Cuesta mucho tener una buena autoestima y alcanzar la plenitud en ese contexto de invisibilidad y humillación. No es casualidad que el índice de pensamientos suicidas o intentos de suicidio sean superiores entre la comunidad LGTBI. Afortunadamente, gracias al esfuerzo activista y los cambios sociales, tenemos más referentes, más visibilidad y más consciencia sobre el daño que causan los chistes y actitudes discriminatorias. Aunque aún queda mucho camino por recorrer. 

Tan importante es tener claro en qué consiste la violencia simbólica y en nuestra capacidad para reproducirla o no en nuestras interacciones cotidianas, como ser conscientes también de que tenemos herramientas para navegarlas cuando sufrimos dicha violencia. Lo primero es ser conscientes de ello. Algo sencillo de pedir pero muy difícil de llevar a cabo. Por muchos motivos. Primero, porque hemos internalizado valores dominantes desde la infancia y nos cuesta darnos cuenta de lo que realmente está pasando. Un ejemplo es el piropo. Nos han dicho que es algo positivo cuando ese comentario puede cosificar nuestros cuerpos como mujeres: nos convierte en objetos. Y cuando ves a un ser humano como un objeto, es más fácil no sentir empatía hacia ella y usarla como un pañuelo de papel. Segundo, porque ser consciente de que una palabra o un gesto nos discrimina, sobre todo cuando viene de gente querida, duele. Mucho. Pero es vital tomar consciencia de esta situación, porque seamos conscientes o no, sufrimos las consecuencias de la discriminación. Eso sí, es fundamental contar con apoyo: terapeutas especializados, grupos de apoyo, etc., porque es importante hacer este proceso acompañados/as/es.

En definitiva, recordemos que las palabras y los gestos pueden hacer tanto daño como los puñetazos. Y si no queremos herirnos o herir a otras personas, nos toca observarnos, reflexionar, aprender y cambiar. 

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Carmen G. Hernández

 

 

En una recepción académica, un profesor le da la copa vacía a una mujer que él identifica como camarera. La mujer es profesora como él. Dado el género y origen étnico de la mujer, él asume que esa mujer está en la reunión para atenderle, no como una colega. Es una anécdota más de las microagresiones que esa mujer, como tantas personas que sufren discriminación por algún factor identitario (género, clase, raza, diversidad funcional, etc.), experimenta cada día en su entorno laboral, de ocio o familiar. Insultos velados, invalidación, desprecio debido a algunos factores de su identidad. No ha habido una intencionalidad expresa por parte del colega docente en hacerle daño, pero, una vez más, a esa mujer le han recordado que su cuerpo está en un lugar y en un rol que no fueron pensados para ella. Y que cada día que sigue en ese lugar supone una batalla silenciosa de resistencia y resiliencia ante una lluvia de microagresiones que no cesan. 

En una oficina, los colegas, tomando café, preguntan al nuevo compañero si tiene novia. Con esa simple pregunta, a él, que es gay, le vuelven a meter en el armario al asumir una presunta heterosexualidad. Él, en cuestión de segundos, tiene que sopesar rápidamente multitud de variables: ¿son homófobos sus compañeros? ¿Corre riesgo de represalias si dice que es gay? Incluso la persona LGTBI más visible se ha visto en una tesitura similar. Por ella misma, por su pareja o por su entorno. Al margen de la respuesta elegida y del daño psicológico que pueda causar (la auto-negación es tremendamente perjudicial), la cuestión es que ese simple comentario trivial es una microagresión. Una manera de recordarle a esa persona que su identidad no es la norma y que debe, constantemente, insistir para ser reconocida. Hay quien dice, y lo suscribo, que más duro que el insulto es que no reconozcan tu existencia.

En un restaurante, una persona con diversidad funcional que usa una sillas de ruedas, asiste atónita a una escena tristemente cotidiana. El camarero, en vez de preguntarle a ella qué desea tomar, se lo pregunta a su acompañante, quién no tiene diversidad funcional. «¿Y ella, qué tomará?» Una vez más, los interlocutores asumen que su diversidad funcional la incapacita para tomar decisiones y tener su propia voz. 

Tristemente, las microagresiones son constantes en las vidas de quienes sufren discriminación sistémica. Muchas veces no son fruto de la mala voluntad de quien la genera, sino el resultado de estereotipos y prejuicios pasados de generación a generación. Pero hacen daño, perpetúan la discriminación y dificultan la creación de espacios diversos. En clase, en la oficina y en casa. Ser conscientes de las microagresiones que generamos, por qué, cuándo, contra quién, es un paso vital para lograr espacios donde realmente se pueda convivir. No es un proceso fácil de hacer, pero es imprescindible si no queremos hacer daño a otras personas y tener espacios de trabajo seguros. 

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